APOGEO Y DECADENCIA DE LA CALLE NOU DE LA RAMBLA
En una época determinada (primera guerra mundial y años
posteriores) la calle Nou de la Rambla era única en el mundo. La vida galante,
intensa como nunca, se concentraba en aquella vía. La animación no cesaba un
solo minuto. Enlazada la tarde con la noche, la noche con la madrugada y la
madrugada con las horas de sol. Poseía ese carácter universal, tan atrayente
como desconcertante. A ninguna persona se le consideraba forastera; al paso de
los tipos más chocantes nadie giraba la cabeza… Esta particularísima
idiosincrasia creó leyenda. Más, poco a poco, su fulgurante destello se fue
apagando. La supresión del juego y la decadencia de las variedades
contribuyeron a su caída. Pese a todo, continuó siendo, un par de lustros más
(1925-1935), centro nocturno preponderante.
Su apogeo coincidió con una Barcelona pletórica de vitalidad y de contrastes; risueña y enigmática por un lado, triste y descorazonadora por otro. La calle Nou de la Rambla fue el mayor exponente, mitificador y desmitificador al mismo tiempo, de esa Barcelona de trepidante aroma embriagador. Todo aquel que tuvo la inmensa suerte de poder gastar una noche de su vida en la arrogante calle Nou de la rambla, no lo olvidará fácilmente.
No es difícil hacerse una idea exacta de la amplitud de esta afirmación. La actividad nocturna empezaba pronto. Apenas aparecían las primeras sombras, su mecanismo farandulero se accionaba automáticamente. Los vendedores de mojama y de almendras saladillas, de lotería, de tabaco y de cerillas, de piedras para los mecheros, pregonaban sus mercancías con renovado ímpetu. Los organillos lanzaban notas alegres y frescas. El ir y venir gracioso e insinuante de atractivas mujeres se juntaba con los ademanes torpes de los marineros de cara curtida acompañados de busconas estrafalarias. El aspecto dramático de los pálidos cocainómanos se cruzaba con el de los opulentos burgueses. Los bohemios con sueños de grandeza enardecían las pasiones secretas de las modistillas. No faltaban ni los chulos descamisados, ni las alcahuetas de toda la vida, ni los señoritos pendencieros, ni los borrachos crónicos… Añadíase a este espectáculo fuertemente teatral, otro más crudo que solía prolongarse hasta el amanecer.
“Los industriales de la calle Conde del Asalto se nos
quejan otra vez de que se tolere, por quien debe evitarlo, el que los mendigos
molesten continuamente con sus peticiones, pues son en número considerable los
que por aquella calle pululan de noche sin que las autoridades nocturnas hagan
nada para impedirlo. Según los visitantes son muchos los pobres que enrtran en
los establecimientos y en forma grosera exigen limosna, habiendo dado lugar a
que tengan quewintervenir los vigilantes (no hay municipales ni serenos) para
impedir escenas desagradables, ya que algunos de los pedigüeños, al serle
negadas sus peticiones, se exasperan en insultan al pedido”
(El Diluvio, 9 de marzo de 1915).
(El Diluvio, 9 de marzo de 1915).
Sin el ruido de las campanas de los tranvías –allí circulaba la línea 48, atravesándola desde el Paral·lel en dirección a la rambla con final de trayecto en el Cementerio Nuevo- eran las estridentes bocinas de los coches las que obligaban a hablar en alta voz. Para los cronistas del momento los modernos automóviles no pasaban desapercibidos y alguno con su sola mención ponía el grito en el cielo:
“Esta importante vía, de una anchura menos que regular, parece una pista de carreras. No pecaremos de exagerador al decir que en la susodicha calle hemos visto coches y sidecars marchar a 50 o 60 km/h y ante la estupefacción de la gente ver como reían los caballeros al volante”.
(El Diluvio, el 4 de noviembre de 1921).
Todo
lo que de extraño, absurdo, inocente y repudiable enceraba la Barcelona de
aquellos años, tenía allí su asiento de primera fila. El jolgorio y la
tragedia se besaban.
“Anoche, a eso de las ocho, pasaban por la calle Conde del Asalto, cogidos del brazo, Pedro Aborages Abiols, de 27 años, soltero, y Mercedes Navarro, de 17 años, también soltera. Sostenían una animada conversación, y no se dieron cuenta de que a pocos pasos les seguía un sujeto bien conocido de los dos. Al llegar frente a la casa número 72 de dicha calle, la pareja acortó el paso y entonces el sujeto que les seguía se adelantó y, sacando una pistola browing, a quemarropa, les descerrajó cinco tiros. Después volvió el arma contra sí, disparándose un tiro en la sien derecha, quedando los tres tendidos en tierra (…) Según las versiones que recogimos del sangriento suceso, Mercedes, que es artista, conoció en el concierto donde trabajaba a su agresor, Roco Pauso, de 30 años, de nacionalidad italiana, cuyos amoríos trocó hace unos días por los de Aborages. El sangriento drama era anoche el tema de todas las conversaciones en los numerosos bars de la cosmopolita calle Conde del Asalto”.
(El Diluvio, 30 octubre de 1918)
“Anoche, a eso de las ocho, pasaban por la calle Conde del Asalto, cogidos del brazo, Pedro Aborages Abiols, de 27 años, soltero, y Mercedes Navarro, de 17 años, también soltera. Sostenían una animada conversación, y no se dieron cuenta de que a pocos pasos les seguía un sujeto bien conocido de los dos. Al llegar frente a la casa número 72 de dicha calle, la pareja acortó el paso y entonces el sujeto que les seguía se adelantó y, sacando una pistola browing, a quemarropa, les descerrajó cinco tiros. Después volvió el arma contra sí, disparándose un tiro en la sien derecha, quedando los tres tendidos en tierra (…) Según las versiones que recogimos del sangriento suceso, Mercedes, que es artista, conoció en el concierto donde trabajaba a su agresor, Roco Pauso, de 30 años, de nacionalidad italiana, cuyos amoríos trocó hace unos días por los de Aborages. El sangriento drama era anoche el tema de todas las conversaciones en los numerosos bars de la cosmopolita calle Conde del Asalto”.
(El Diluvio, 30 octubre de 1918)

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